Aunque tú sólo te acuerdes del nombre de Dios cuando defeques y del nombre de Jesús cuando estornudes, debes saber esto, que fue tanto el amor comprometido de Dios para contigo que entregó a quién tú jamás hubieras entregado para que ahora tengas vida eterna con Él para siempre.
No nos achicamos al decir que la maldad no procede de la posición social en que estemos, ni de la edad que tengamos, ni de las personas que nos rodean, sino de uno mismo. Porque la maldad no viene por nuestros actos sino de nuestros deseos, pues nuestros actos son simplemente una manifestación de esa maldad que proviene del interior. Porque lo que contamina al ser humano no es lo que entra de afuera para adentro sino lo que sale de él, tal como dijo Jesús: “Porque del corazón provienen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, mentiras y calumnias” (Mateo 15:19).
Y quizás no todos nos encontremos en posición de autoridad para cometer abundantes barbaries pero participamos de muchas de ellas con la complicidad de nuestros pensamientos, en el odio hacia los demás, en la rabia contenida contra el otro, en nuestra envidia y deseo de obtener lo que posee el otro, en nuestros celos que nos impiden disfrutar agradecidos de lo que tenemos y destruyen nuestra confianza, en nuestra ambición por un mundo que nos mantiene esclavos del consumo y lo material, en nuestros deseos desenfrenados que nos hacen actuar casi sin pensar en las consecuencias y la angustia que vendrá después de cometer esos hechos.
Por todo esto y más, al final descubrimos que no es que Dios sea un aguafiestas sino que nosotros mismos somos los aguafiestas de nuestras propias vidas, comportándonos como seres caprichosos que no saben ni lo que quieren (aunque nos cueste aceptarlo).
Así pues, si nuestra maldad proviene del corazón, nos deja en una condición deplorable, pues ¿cómo limpiaremos nuestro corazón? Porque si una calle está sucia, se barre; si una habitación está desordenada, se coloca todo en su sitio; si una prenda de ropa está manchada, se limpia; pero si nuestro corazón es el que está sucio y manchado ¿qué podemos hacer?
Afortunadamente para nosotros no se trata de lo que nosotros podamos hacer (1) una vez más, sino de lo que Dios puede hacer. Y lo que puede hacer ya lo hizo, muriendo en una putrefacta cruz.
Por lo tanto no nos queda otra cosa que proclamar con amor, sinceridad y firmeza que EXISTE y que LE CONOCEMOS, quizás provocando burla y menosprecio en muchos pero no nos falta confianza y convicción al continuar diciendo que seguiremos poniendo nuestra esperanza en el único hombre que ha resucitado de entre los muertos por su propio poder: Jesucristo. Por eso mismo decimos que no queremos llevar a nadie a ninguna religión y sino a una persona…
¿Quieres conocerle?
(1) Efesios 2:9





